14 julio 2023

Tineo - Borres

Cuarta carta del apóstol de lo imposible a sus feligreses


Etapa 5: Tineo - Borres (?)

16 km - 4h


La mañana se fraguó similar a la anterior, con la salvedad de que la cocina del apartamento invitaba a huir de ella, visto el estado de las sartenes aún sin lavar y que presidían las fogatas de la cocina, cuán vencedoras de una batalla contra alguna comida ultraprocesada que las obligaba a permanecer bañadas en agua durante días. 


José Antonio fue el primero, como de costumbre, en despertar y en avistar semejante cocina. Intentó concentrarse en sus mensajes del móvil mientras desayunaba para así obviar semejante habitáculo, más propio de piso de alquiler vacacional a precio de hostel,  que a cocina de aparthotel. Aún así, lavó dos cuencos y en ellos preparó unos ricos cereales proteicos bañados en fresco kéfir que les daría -con seguridad- la energía necesaria y los cuidados probióticos para arrancar la mañana con fuerzas. 


JoseRa fue más listo y agarró el cuenco con premura a la vez que se alejaba raudo por pasillo -profiriendo que esa cocina no le merecía y razón llevaba- pues además hasta el momento ninguna habitación igualaba las vistas que desde la amplia ventana se avistaban.


Imaginemos un prado de montes bajos, diferentes tipos de verde en cada colina (por el tipo de arbusto que la recorre) y pongámosle a su margen izquierda una casa de doble planta con muchas macetas en el exterior. A este cuadro pictórico solo le resta añadir una manada de vacas -con sus inseparables cencerros- para terminar de dibujar con detalle 4K la imagen que desde la ventana JoseRa contemplaba mientras desayunaba los cereales -que su chico con amor le había preparado-. JoseAn llegó tarde a la habitación y -aún ya acabado su ingesta- dijo en voz alta que esa vista se merecía contemplarla y sentirla aún sin tener almuerzo en mano como pretexto, por lo que se sentó inmóvil un par de minutos y le exigió con su mirada a su marido un beso y un par de caricias.



 


Estaba claro que si el camino se hace en pareja, estos momentos se tenían que revelar con cierta cotidianidad si la relación funcionaba. Y la de ellos iba viento en popa.


Antes de las 9:00 nuestros soles ya dispusieron del café en el bar de la tarde anterior y raudos iniciaron su camino a Borres cuesta arriba -como no- para salir de Tineo a un campo que les daba la bienvenida por un sendero de fábula más típico de unos dibujos Disney que de una realidad. En el ancho del camino se podía andar en paralelo. A esa hora tan temprana el sol entraba por los troncos de los árboles antes de llegar a las copas y estos hacían colas a lo largo de cada lado del camino, encima de muretes de piedra de mampostería que difícilmente superaba el medio metro. 









En alguna ocasión José Antonio preguntaba en alto el porqué de ese muro, si el camino ya quedaba claramente franqueado por los árboles a cada lado. Pero la respuesta no la sabían. Y posiblemente a día de hoy sigan sin saber su repuesta. 









El devenir del camino, que hoy se avisaba más corto de lo común, les hizo pasar por unos 15 minutos a través de una carretera comarcal que hacía ya muchos años dejó de cumplir el cometido de transportar coches por su paso. Rápidamente encontraron una nueva senda que les llevaría a un carril de tractor rodeados por lo que cualquier persona entendería que es un bosque. A mitad de camino pararon para comer un temtempie poco común para el caminante 1.0: de primero frutos secos eco y de segundo tortas de arroz bio con latas de caballa. El postre fue un plátano para cada uno. Y eso lo recuerda aún bien JoseAn porque su Tete le recriminó que no escondiera bien la cáscara que arrojó a los matojos. ¡Será orgánico, sí, pero no es gusto para la vista del transeúnte! le espetó con la rectitud más propia de Rotenmayer que de un marido. Pero JoseAn le dio la razón y aprendió lo que al otro le parecía algo básico.




Durante el avituallamiento vieron a una pareja de peregrinos que confesaron haber errado su sendero y que dieron por error con un monasterio abandonado. José Antonio no cabía en gozo ante tal misiva, pues desde hacía días jugaba con la idea de salirse del camino para poder visitar aquel monasterio abandonado del siglo XII. Convenció a su nene de que esa incursión merecía la pena y en menos de 800 m de camino les dio tiempo a saludar a una vaca curiosa en el sendero, que por sus movimientos de cabeza, pareciera que entendía las maneras humanas de saludar mientras que el pobre de JoseRa sufrió la rozadura en un brazo de las ortigas.





Mejor no explayarse en las impresiones de descubrir el claustro, habitáculos y el buen estado general en el que se encontraba el monasterio de Obona. Se respiraba campo religioso y el respeto de unas vidas que antaño se dedicaron en exclusiva a la fe solo dejaban margen a la alabanza interior por un sentido tan vocacional. 






Al poco continuaron su viaje y en menos de 15 minutos más volvieron a la senda marcada con vieiras amarillas. El paisaje seguía jugando con su fascinación y pronto alcanzaron prados infinitos, que serpenteaban entre el verde propio de la primavera y notas de amarillos más propios de julio. 


Al alcanzar otra comarcal JoseAn tuvo a bien avisar al alojamiento de Borres, pues llevaban 3h y media y el trayecto de hoy apenas les iba a dar para 4 km más.


Para sorpresa de los dos, ni el viento que enfureció en ese momento, les vino a ocultar que al dueño de la estancia no le constaba reserva alguna a su nombre. José Antonio -raudo- le dijo la hora y día de la llamada de la reserva, además del coste y condiciones del piso. En menos de 2 minutos su chico le avisaba con aspavientos y gestos de que esa llamada debía terminar si al final ese hombre no disponía de alojo para ellos. 


Así que, rápidamente las dos CPU intercambiaron las informaciones hasta entonces conocidas y prestas anunciaron el veredicto común: dormitar en el primer hotel posible que dispusiera de habitación privada. Así que, a 3km antes de Becerro, en la pedanía llamada Campiello, y habida cuenta de que en Borres no había habitaciones libres, escogieron por Anunciación Mariana el “hotel y albergue Herminia”. 


No pudieron creer que tal lujo de habitación, menú del día y precios de las bebidas costarán pecata minuta para la calidad del servicio prestado. Habitacion silenciosa, camas 3 estrellas y baño limpísimo que más valían los 40€ después del apuro sufrido una hora antes.


El disfrute de salir indemnes de tal atolladero les vino tan arriba, que las sidras concluyeron por primera vez en Nordes con tónica , y continuaron jugando con las palabras hasta bien vencido el día. 


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